Contra la opresión, una boca: hacia una tradición poética en Venekistán

Acá la espada y más acá la pared. En medio nuestros ojos y contra la opresión, una boca.

Apenas eso.

Una boca-abismo capaz de devenir en afiladas resonancias, en voces singulares, en armas sonoras.

Creo que nunca hemos entendido a la poesía como un arma. De haberlo hecho, podríamos decir que la poética de Salustio González Rincones y el delirio de la voz de Emira Rodríguez, por ejemplo, son un revólver y una .40 que Santiago Acosta esconde debajo de su colchón, en un apartamento pequeñito de Nueva York.

Y no lo hacemos.

No lo hacemos porque hablamos de las dinámicas de lo poético como un asunto estrictamente expresivo, secuestrado por los eufemismos, las metáforas y las alegorías. Hablamos de las dinámicas de lo poético como solemos hablar de la opresión: con distancia, mediados por la retórica y sus recursos.

Por ejemplo: cuando leemos unos versos como “Bendícenos, Padre, a los enemigos de la esperanza,/ a los que nos fuimos, a los que renunciamos,/ a los descerebrados por el virus del miedo,/ Contra la opresión, una boca: hacia una tradición poética en Venekistán a los que solo vemos en el presente la escoria del mañana”, preferimos acomodarnos en detalles como la oralidad que le da a la imagen el que-galicado en lugar de confrontar el cañón calibre 38 que el poeta sostiene sobre la sien izquierda de la esperanza, más cerca de Jules Winnfield recitando Ezequiel 25:17 que del guzmanblanquismo, cuando Francisco Guaicaipuro Pardo ganaba los Juegos Florales glosando el genio de Galileo Galilei a cambio de cuatro fuertes.

Así, en tiempos de opresión, es peligrosamente apaciguante creer que la labor de la poesía consiste en ser refugio de la belleza, diorama de retazos disecados por la tradición occidental, reserva natural de sinécdoques en extinción. Sin embargo, como sociedad preferimos optar por ese apaciguamiento, porque la otra opción sería exigirle a la poesía un compromiso imposible de retribuir.

El pathos por encima del ethos: preferir lo bonito antes que lo urgente.

Y aún así, en medio de la opresión, en medio del totalitarismo, en medio del miedo común, la poesía estalla o no es.

Pum.

Sí. Nunca entendimos la poesía como un arma. De haberlo hecho, podríamos decir que cuando un poeta en una cárcel es capaz de escribir: “¿quién es más fuerte,/ tú, magnate, que ansías
darme muerte/ y me la has azuzado en varias formas,/ pero que no te atreves a atreverte,/ y a guardarme con vida te conformas,/ o yo, que estoy y seguiré cautivo/ mientras no te despojen del gobierno/ y estas cosas escribo/ en medio de las llamas del infierno?”, en realidad está llevando adelante una acción capaz de anular a todos los guardias de una prisión totalitaria que intenta quebrarlo. Michael Scofield y Lincoln Burrows lucirían como un par de imbéciles ante la eficacia de la voz poética como estrategia de fuga durante el gomecismo de La Rotunda. Si entendiéramos la poesía como un arma, al final de este poema estaría Natasha Tiniacos esperando a la leyenda de Job Pim un siglo más adelante, a la salida del recinto, en una moto que le heredara a Miyó
Vestrini en tiempos de guerra: “Tendrá la memoria que no tuvimos/ y creerá en la violencia/de los que no creen en nada”.

Así de ucrónico. Así de fake. Así de épico.

Aunque la-voz-poética sea una voz civil, no es la-voz-civil, porque la-voz-civil insiste en la verdad y en la memoria. Es laxa, hipotónica, blandita. Ha sido articulada para comunicarnos, para expresarnos, para informarnos.

Porque la-voz-civil sabe acomodarse y la-voz-poética no. Incluso: se niega al acomodo, porque la eficacia de la-voz-poética como instrumento contra la opresión reside en que nombra y, nombrando, es libre porque lo hace en tanto que imagina. (Una vez más aparece la intoxicación del eufemismo: he dicho “instrumento” y no “arma”. Y nunca entendimos la poesía como un arma).

Si entendiéramos la poesía como una arma, unos versos como estos serían considerados por los órganos policiales como un artefacto explosivo, una bomba de tiempo: “Estoy pensando en exiliarme,/ me casaré con una miss/ de crenchas color de mecate/ y ojos de acuático zafir;/ una descendiente romántica/ de la muy dulce Annabel Lee,/ evanescente en las caricias/ y marimacho en el trajín,/ y que me adore porque soy/ tropical cual mono tití…”. Una brigada antiexplosivos para evitar que la lenta pero certera intención de estallido de esta balada insomne y carcelaria de Leoncio Martínez consiga finalizar: “¡Ah, quién sabe si para entonces,/ ya cerca del año 2000,/ esté alumbrando libertades/ el claro sol de mi país!”.

No supimos ver, sino hasta ahora, que cuando la-voz-poética quiso sonar pesimista y punzante en el humor, devino profética y fallida a la vez. Aunque del otro lado del universo poético expandido, estuviera Yolanda Pantin respondiendo en código al delirio finisecular de todos los exilios posibles, como una nueva y conmovible femme-Nikkita: “Ustedes/ perdieron un país/ dentro de ustedes”.

Pum.

Contra la opresión, no hay separación de tiempos, sino coincidencia en el territorio. Santiago, Pim, Miyó, Natasha, Leoncio, Yolanda. Ninguno adivina el futuro ni precursa aquello que vendrá: solo mantienen su verso en el presente perpetuo al que nos obliga la opresión. Nombrando siempre, en la poética rebelión de los gerundios que se infinitivizan mediante el acto poético.

Cuando la-voz-poética decide ir contra la opresión, define un territorio donde opera esa acción constante de nombramiento, cuya única intención es hacer delirar cada una de las partículas que componen a la lengua civil para hacerlas vibrar hasta destruir cada información, cada expresión y cada acto comunicativo que quede en pie. Y entonces hacerlos estallar para poder nombrarlo todo de nuevo.

Pum.

Siempre queda una bala en la recámara de la poesía. Los únicos obstáculos son la demagogia del silencio y el irreparable populismo de lo-bonito, porque solo en algunas felices pero pocas coincidencias la poesía contra la opresión consigue acercarse a la más común de las nociones de belleza. Y el silencio solo convierte la posibilidad de callar en una de las múltiples máscaras de la complicidad con el opresor.

La poesía contra la opresión como una violenta épica, lírica y contemporánea de esta nueva urgencia de libertad que somos. Solo si lo creyéramos posible, no se hablaría de Tony Soprano como resumen infalible de lo humano, sino de Vicente Gerbasi, hijo del inmigrante matando y congelando reses en Canoabo. Solo si lo creyéramos posible, Don Draper le habría rendido culto al genio de Víctor “El Chino” Valera Mora y, en lugar de old-fashion, tomaría “una parte de vodka, una parte de ginebra, una sombra de limón”. Solo si lo creyéramos posible, cada uno de los muertos de Pepe Barroeta y de Enriqueta Arvelo Larriva serían la pesadilla de Rick Grimes.

Y aún así no hemos querido creer.

Pasamos siglos pactando con el paisaje y cada una de las voces que prefirió el grito fue puesta detrás-del-marco. El framing de la tierra-de-gracia nos convenció de que el paisaje era lo imperecedero, de modo que ahora estamos huérfanos de grito y hurgando en la biblioteca de las voces libres, a ver quiénes nos habían advertido de esta cárcel abierta, de este orden cerrado obligatorio, de esta urgencia de palabra viva, movilizadora, política. Hemos sido secuestrados, como lectores, por las correcciones cronológicas y bibliográficas de lo antologable.

Hemos dejado que nos ordenen la palabra según la nacionalidad, la sexualidad, la temporalidad, pero pocas veces nos dejaron ver contra qué iba la palabra emergente, sólida, con cuerpo.

Si como lectores quisiéramos liberarnos de este secuestro (un crimen que hemos consentido cada vez que hacemos nuestras frases típicas como nosotros-no-tenemos-armas o la-poesía-no-debe-ser-violenta), bastaría con dejar de recordar lo poético como si se tratara de una asignación enciclopédica de alguna asignatura obligatoria, y empezar a imaginar a partir de la-voz-poética.

Quizás aprendernos de memoria, como una oración, los versos del neo-venerable doctor Luis Enrique Belmonte mártir: “tiene que pasar/ no es justo no/ que dure tanto el mecanismo/ tendrá que ceder/ esto que late y ocultamos con vergüenza/ tiene que pasar/ como un dedo machucado/ remojado en cloroformo/ que pasar tiene que pasar”. Decirlo y persignarnos como quien cree en la-voz-poética, en su combinación de explosión y tino, tanto como para darle la espalda a los barrotes de este secuestro, a sabiendas de que la libertad llegará rompiendo muros y no abriendo puertas.

Es difícil. Un territorio difícil, porque resulta que estar contra la opresión hoy equivale a una guerra. Cuando Sun Tzu explica los nueve tipos de territorios, define el territorio difícil como aquel al cual se llega después de penetrar en profundidad en un espacio ajeno, dejando atrás varios caseríos, pueblos y ciudades: “un terreno de donde es difícil regresar”. Pues bien: quizás convenga renunciar al paisaje y hundirnos en la dinámica y política rebeldía de la-voz-poética.

Ese sería nuestro territorio difícil.

Dejar atrás los caballos de Luis Alberto Crespo y leer los fusiles de Lucila Velázquez o Ángel Eduardo Acevedo o Rita Valdivia. Dejar atrás las salinas de Cruz Salmerón y leer los ríos de William Osuna o de Martha Kornblith o de Hanni Ossott. Dejar atrás los páramos de Ramón Palomares y empaparse del subconsciente de Caupolicán Ovalles y atrevernos a despertar al Poder, así sea para sorprendernos de tanta contradicción y desquicio (o simplemente preguntarnos dónde se resguardan hoy esas voces que se arropan del lado del opresor).

Y ya estando ahí, en nuestro territorio difícil, encomendarnos a un escapulario de Miguel James y, con los pulgares e índices de cada mano puestos en ristre para dibujarnos una pistolita en cada mano, caminar hasta la comisaría más cercana y entrar diciendo en voz alta: “Si escribo un poema de Amor es contra la policía/ y si canto a la desnudez de los cuerpos canto contra la policía./ También si metaforizo esta Tierra metaforizo contra la policía./ Si digo locuras en mis poemas las digo contra la policía/ y si logro crear un poema es contra la policía./ Yo no he escrito una palabra, un verso, una estrofa que no sea contra la policía”.

Hacerlo viendo a los ojos a cada uno de los funcionarios de guardia y, al final de cada verso, apretar los falsos gatillos de nuestros dedos.

Así de ucrónico. Así de fake. Así de épico.

Pum. Pum. Pum.

Ni siquiera hacerles la advertencia de que las balas de nuestros dedos son de salva. Actuar con la convicción de que en cada disparo poético abatiremos al esbirro y salvaremos al sujetopoético que habita en el fondo de cada policía. Y oír cómo van cayendo de uno en uno sus prejuicios, vencidos por la puntería de la-voz-poética, hasta escuchar el aplauso de los cautivos que siguen recitando a Belmonte o a quienes se aprendieron alguna de Luis Moreno Villamediana, de María Calcaño, de Josefóscar Ochoa.

Y al salir de ahí, antes de hacer el trueque de pistolas y devolvernos las manos, ver las ruinas de uno de esos esbirros, aquel que nos hizo presos, y ser reales como manda el maestro diciéndole a su despojo: “Rostros deben andar por su café, por sus calles de llantos,/ por el humo de su cigarrillo./ Han de buscarlo voces, perseguirlo por las frías carreteras./ ¡Cuántas puertas rompió vestido de hombre!/ ¿Cómo halló tanta tiniebla para vencer la zumbante nube de ojos fijos?/ Un paisaje insomne que hable para él”.

Cerrarles los ojos y seguir.

Sí. Será un territorio difícil. Pero en Venekistán ya nos comimos todas las flores que quedaban, así que fabulemos a tope: creamos en lo poético esgrimido como un arma.

Al menos para ver qué pasa si algo en nosotros deja de distraerse con el paisaje y estalla.

Pum.

Es sabido que casi nadie lee los prólogos. Y menos uno como este, cargado de spoilers y referentes teleshakesperianos, muchos ajenos a los intereses de quien se dedica por exclusividad a la poesía. De modo que la única excusa para esta fabulación crítica ha sido descubrirme nombrado en una región de nuestra poesía nacional que suele ser desechada por incómoda, por violenta, por tóxica. Hoy, cuando todos los argumentos ficcionales de éxito que copan la agenda audiovisual de los telespectadores son así (incómodos, violentos, tóxicos), quizás a nuestra difusa sociedad civil le venga bien recorrer el parque de armas de nuestra poesía nacional. Quienes se han encargado de esta antología lo han mantenido en condiciones óptimas para la batalla. Es mérito de ellos cualquier acierto de esta lectura previa que intento hacer como lector antes que como poeta.

Dice Armando Rojas Guardia sobre la Patria que “tal vez una tarde, entre los campos,/ la música te deletreó de pronto/ al lado de algún bosque, una colina,/ un lago triste que se te parece:/ la misma terquedad al revelarte/ ávida no precisamente de nosotros”. Desde Platón, una república no tiene por qué confiar en sus poetas, pero negarse a cuanto advierten sería, como más de una vez sentó la profesora María del Pilar Puig, del género tonto. Rafael Cadenas, maestro, logró articular una imagen poética capaz de preguntarse quién era él detrás de sus ojos. Creo que en tiempos de opresión, la-voz-poética deja de habitar en lo que mira y se muda a una boca donde coexiste con el hambre y con el grito.

¿Quiénes somos delante de estas voces, de estas bocas? ¿Quién eras tú, lector, antes de entrar a este atado de poemas tercos que han renunciado a la belleza con la intención de poner en tu alma una bomba? ¿Quién serás luego de poder decir, como en el poema de Igor Barreto, que has contemplado el contraste de la opresión versus “mi noble realidad/ al relieve y sin trapos”? Me gusta que, entre lectores, estimulemos la idea de que vamos a vernos después de la opresión, aunque sin alejarnos demasiado, para poder asumir la lectura de poesía desde un hermoso egoísmo cívico: “Es mi momento de ocio/ de intimidad/ de estar conmigo mismo./ Un instante asignado a los intereses de mi alma./ Un antiguo noble ocio”, porque será en el ejercicio de ese ocio que no habrá espacio nuevo para quien hoy nos oprime.

Allá la espada y más allá la pared. Y en medio nuestros ojos y contra la opresión, una boca.

Pum.

Willy McKey